Wall Street está en fiebre. A mediados de diciembre, SpaceX cerró una ronda de venta interna de acciones que fijó su valoración en 800 mil millones de dólares, posicionándola como la empresa privada más valiosa del planeta. Pero esto es solo el acto. El verdadero climax llega en 2026: un IPO que podría recaudar más de 30 mil millones de dólares y elevar la valoración total a 1.5 billones de dólares, superando incluso el histórico récord de Saudi Aramco en 2019.
Para Musk, esto significa un hito sin precedentes. Si la oferta se concreta, se convertirá en el primer multimillonario de la historia, con una fortuna que rondará los 400 mil millones de dólares. Una transformación insólita para alguien que, hace apenas 23 años, fue literalmente escupido por un ingeniero ruso por atreverse a soñar con construir cohetes.
Cuando la ambición se topó con la realidad
Corre el año 2001. Musk acaba de vender su participación en PayPal y se encuentra en ese punto mágico de Silicon Valley donde casi cualquier cosa parece posible. Pero mientras sus contemporáneos elegían ser inversores o consultores, él eligió lo más arriesgado: construir cohetes y viajar a Marte.
Su primer movimiento fue viajar a Rusia para comprar un vehículo Dniéper reacondicionado. El resultado fue humillante. En una reunión con el Buró de Diseño Lavochkin, un diseñador jefe ruso lo escupió, le preguntó si creía que la tecnología aeroespacial funcionaba como la programación, y lo echó con un precio astronómico que Musk no podía pagar.
En el vuelo de regreso, mientras sus compañeros lloraban de frustración, Musk encendió su laptop. Minutos después, mostró una hoja de Excel con números: “Creo que podemos hacerlo nosotros mismos.”
Así nació SpaceX en febrero de 2002, en un almacén de 75,000 pies cuadrados en El Segundo, Los Ángeles. Musk destinó 100 millones de sus ganancias de PayPal. La visión era revolucionaria pero el camino, caótico.
El infierno de las primeras etapas
Los gigantes de la industria rieron. Boeing y Lockheed Martin eran máquinas centenarias de lanzamientos y contratos gubernamentales. SpaceX era un desconocido que no sabía ni por dónde empezar. El primer Falcon 1, en 2006, explotó 25 segundos después del despegue. El segundo en 2007 se estrelló fuera de control. El tercero en 2008 fue desastroso: las etapas de combustible colisionaron sobre el Pacífico.
Para 2008, Musk estaba en el filo del precipicio. Tesla se tambaleaba hacia la bancarrota, su matrimonio de una década se disolvía y SpaceX solo tenía dinero para un último lanzamiento.
Lo peor no fue la ingeniería. Fue el rechazo de sus ídolos. Neil Armstrong y Eugene Cernan, los héroes de la infancia de Musk, declararon públicamente que su proyecto era una fantasía. Armstrong fue directo: “No entiendes lo que no conoces.” Al recordarlo años después, Musk se emocionó ante las cámaras. No lloró cuando los cohetes explotaron, pero sí cuando habló de esa traición.
El pivote que lo salvó todo
El 28 de septiembre de 2008, el cuarto Falcon 1 despegó. Esta vez, las leyes de la física funcionaron. Nueve minutos después, la carga útil alcanzó la órbita prevista. SpaceX se convirtió en la primera empresa privada en lograr esto.
Tres meses después, la NASA llamó. William Gerstenmaier ofreció un contrato de 1.6 mil millones de dólares para 12 misiones de reabastecimiento a la Estación Espacial Internacional. Musk cambió la contraseña de su computadora a “ilovenasa” y nunca la olvidó.
SpaceX sobrevivió, pero Musk ya tenía su siguiente obsesión: los cohetes debían ser reutilizables.
La revolución de los primeros principios
Mientras la industria apostaba por materiales aeroespaciales sofisticados y caros, Musk aplicó su metodología favorita: descomponer el problema desde cero.
¿Cuánto cuesta realmente construir un cohete? Abrió Excel y comenzó a cotizar. Descubrió que los gigantes tradicionales inflaban artificialmente los costos decenas de veces. Un tornillo que debería costar unos pocos dólares se vendía a cientos. El aluminio y el titanio en las bolsas de los mercados internacionales eran fracciones de lo que cobraban los contratistas.
Esta revelación cambió todo.
En 2015, SpaceX logró el hito imposible: el Falcon 9 regresó verticalmente y aterrizó en el mismo sitio de lanzamiento en Cabo Cañaveral. La era del espacio barato había comenzado.
Luego vino la decisión más radical: construir Starship con acero inoxidable. La industria rechazó la idea. El acero era “demasiado pesado”. Musk recalculó el punto de fusión. El acero inoxidable resiste 1,400 grados, mientras que la fibra de carbono necesita costosos sistemas térmicos. Cuando sumaban el peso total, ambos opciones pesaban igual, pero el acero costaba 40 veces menos.
SpaceX mudó las operaciones al desierto de Texas. Ya no necesitaban salas de precisión. Podían montar una tienda, soldar como si fueran tanques de agua, y cuando ocurría una detonación, barrer los escombros con simples bolsas para escombros y seguir soldando al día siguiente. La manufactura dejó de ser un arte caro para convertirse en iteración rápida.
Starlink: de sueño a imperio
Pero la valoración de 800 mil millones no se sostiene en cohetes reutilizables. Se sustenta en Starlink.
La constelación de satélites en órbita baja de Starlink se ha transformado en el proveedor de internet de comunicaciones más disruptivo del planeta. Ya sea en un crucero en medio del Pacífico o en zonas devastadas por conflictos, una caja del tamaño de una pizza se conecta a miles de satélites en órbita. No es un espectáculo; es infraestructura crítica.
A noviembre de 2025, Starlink cuenta con 7.65 millones de suscriptores activos confirmados, pero el número real de usuarios alcanza 24.5 millones. Norteamérica aporta el 43% de las suscripciones, mientras que mercados emergentes en Asia suman el 40% del crecimiento nuevo.
Los números financieros revelan la verdad: los ingresos proyectados de SpaceX para 2025 ascienden a 15 mil millones de dólares, escalando a 22-24 mil millones en 2026. Más del 80% proviene de Starlink, no de lanzamientos.
SpaceX evolucionó de contratista espacial a gigante global de telecomunicaciones con un foso competitivo casi insuperable.
El IPO como combustible interestelar
¿Por qué Musk finalmente consintió en salir a bolsa cuando la había rechazado públicamente hace apenas tres años? Porque los sueños requieren capital.
Según su cronograma, en dos años Starship realizará su primer aterrizaje no tripulado en Marte. En cuatro, la huella humana pisará el suelo rojo. Su visión final: construir una ciudad autosuficiente en Marte en 20 años, enviando 1,000 naves Starship.
En múltiples entrevistas, Musk ha declarado sin filtro: “El único propósito de acumular riqueza es hacer que la humanidad sea una especie multiplanetaria.”
Los 30 mil millones del IPO no serán yates ni mansiones. Serán combustible, acero, oxígeno y bolsas para escombros. Serán el peaje que Musk cobra a los terrícolas por pavimentar el camino a Marte.
La mayor IPO de la historia humana está a punto de despegar. Y esta vez, no habrá explosión.
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De 800 mil millones a 1.5 billones: la apuesta definitiva de Musk antes del IPO
Wall Street está en fiebre. A mediados de diciembre, SpaceX cerró una ronda de venta interna de acciones que fijó su valoración en 800 mil millones de dólares, posicionándola como la empresa privada más valiosa del planeta. Pero esto es solo el acto. El verdadero climax llega en 2026: un IPO que podría recaudar más de 30 mil millones de dólares y elevar la valoración total a 1.5 billones de dólares, superando incluso el histórico récord de Saudi Aramco en 2019.
Para Musk, esto significa un hito sin precedentes. Si la oferta se concreta, se convertirá en el primer multimillonario de la historia, con una fortuna que rondará los 400 mil millones de dólares. Una transformación insólita para alguien que, hace apenas 23 años, fue literalmente escupido por un ingeniero ruso por atreverse a soñar con construir cohetes.
Cuando la ambición se topó con la realidad
Corre el año 2001. Musk acaba de vender su participación en PayPal y se encuentra en ese punto mágico de Silicon Valley donde casi cualquier cosa parece posible. Pero mientras sus contemporáneos elegían ser inversores o consultores, él eligió lo más arriesgado: construir cohetes y viajar a Marte.
Su primer movimiento fue viajar a Rusia para comprar un vehículo Dniéper reacondicionado. El resultado fue humillante. En una reunión con el Buró de Diseño Lavochkin, un diseñador jefe ruso lo escupió, le preguntó si creía que la tecnología aeroespacial funcionaba como la programación, y lo echó con un precio astronómico que Musk no podía pagar.
En el vuelo de regreso, mientras sus compañeros lloraban de frustración, Musk encendió su laptop. Minutos después, mostró una hoja de Excel con números: “Creo que podemos hacerlo nosotros mismos.”
Así nació SpaceX en febrero de 2002, en un almacén de 75,000 pies cuadrados en El Segundo, Los Ángeles. Musk destinó 100 millones de sus ganancias de PayPal. La visión era revolucionaria pero el camino, caótico.
El infierno de las primeras etapas
Los gigantes de la industria rieron. Boeing y Lockheed Martin eran máquinas centenarias de lanzamientos y contratos gubernamentales. SpaceX era un desconocido que no sabía ni por dónde empezar. El primer Falcon 1, en 2006, explotó 25 segundos después del despegue. El segundo en 2007 se estrelló fuera de control. El tercero en 2008 fue desastroso: las etapas de combustible colisionaron sobre el Pacífico.
Para 2008, Musk estaba en el filo del precipicio. Tesla se tambaleaba hacia la bancarrota, su matrimonio de una década se disolvía y SpaceX solo tenía dinero para un último lanzamiento.
Lo peor no fue la ingeniería. Fue el rechazo de sus ídolos. Neil Armstrong y Eugene Cernan, los héroes de la infancia de Musk, declararon públicamente que su proyecto era una fantasía. Armstrong fue directo: “No entiendes lo que no conoces.” Al recordarlo años después, Musk se emocionó ante las cámaras. No lloró cuando los cohetes explotaron, pero sí cuando habló de esa traición.
El pivote que lo salvó todo
El 28 de septiembre de 2008, el cuarto Falcon 1 despegó. Esta vez, las leyes de la física funcionaron. Nueve minutos después, la carga útil alcanzó la órbita prevista. SpaceX se convirtió en la primera empresa privada en lograr esto.
Tres meses después, la NASA llamó. William Gerstenmaier ofreció un contrato de 1.6 mil millones de dólares para 12 misiones de reabastecimiento a la Estación Espacial Internacional. Musk cambió la contraseña de su computadora a “ilovenasa” y nunca la olvidó.
SpaceX sobrevivió, pero Musk ya tenía su siguiente obsesión: los cohetes debían ser reutilizables.
La revolución de los primeros principios
Mientras la industria apostaba por materiales aeroespaciales sofisticados y caros, Musk aplicó su metodología favorita: descomponer el problema desde cero.
¿Cuánto cuesta realmente construir un cohete? Abrió Excel y comenzó a cotizar. Descubrió que los gigantes tradicionales inflaban artificialmente los costos decenas de veces. Un tornillo que debería costar unos pocos dólares se vendía a cientos. El aluminio y el titanio en las bolsas de los mercados internacionales eran fracciones de lo que cobraban los contratistas.
Esta revelación cambió todo.
En 2015, SpaceX logró el hito imposible: el Falcon 9 regresó verticalmente y aterrizó en el mismo sitio de lanzamiento en Cabo Cañaveral. La era del espacio barato había comenzado.
Luego vino la decisión más radical: construir Starship con acero inoxidable. La industria rechazó la idea. El acero era “demasiado pesado”. Musk recalculó el punto de fusión. El acero inoxidable resiste 1,400 grados, mientras que la fibra de carbono necesita costosos sistemas térmicos. Cuando sumaban el peso total, ambos opciones pesaban igual, pero el acero costaba 40 veces menos.
SpaceX mudó las operaciones al desierto de Texas. Ya no necesitaban salas de precisión. Podían montar una tienda, soldar como si fueran tanques de agua, y cuando ocurría una detonación, barrer los escombros con simples bolsas para escombros y seguir soldando al día siguiente. La manufactura dejó de ser un arte caro para convertirse en iteración rápida.
Starlink: de sueño a imperio
Pero la valoración de 800 mil millones no se sostiene en cohetes reutilizables. Se sustenta en Starlink.
La constelación de satélites en órbita baja de Starlink se ha transformado en el proveedor de internet de comunicaciones más disruptivo del planeta. Ya sea en un crucero en medio del Pacífico o en zonas devastadas por conflictos, una caja del tamaño de una pizza se conecta a miles de satélites en órbita. No es un espectáculo; es infraestructura crítica.
A noviembre de 2025, Starlink cuenta con 7.65 millones de suscriptores activos confirmados, pero el número real de usuarios alcanza 24.5 millones. Norteamérica aporta el 43% de las suscripciones, mientras que mercados emergentes en Asia suman el 40% del crecimiento nuevo.
Los números financieros revelan la verdad: los ingresos proyectados de SpaceX para 2025 ascienden a 15 mil millones de dólares, escalando a 22-24 mil millones en 2026. Más del 80% proviene de Starlink, no de lanzamientos.
SpaceX evolucionó de contratista espacial a gigante global de telecomunicaciones con un foso competitivo casi insuperable.
El IPO como combustible interestelar
¿Por qué Musk finalmente consintió en salir a bolsa cuando la había rechazado públicamente hace apenas tres años? Porque los sueños requieren capital.
Según su cronograma, en dos años Starship realizará su primer aterrizaje no tripulado en Marte. En cuatro, la huella humana pisará el suelo rojo. Su visión final: construir una ciudad autosuficiente en Marte en 20 años, enviando 1,000 naves Starship.
En múltiples entrevistas, Musk ha declarado sin filtro: “El único propósito de acumular riqueza es hacer que la humanidad sea una especie multiplanetaria.”
Los 30 mil millones del IPO no serán yates ni mansiones. Serán combustible, acero, oxígeno y bolsas para escombros. Serán el peaje que Musk cobra a los terrícolas por pavimentar el camino a Marte.
La mayor IPO de la historia humana está a punto de despegar. Y esta vez, no habrá explosión.