El significado de la "caridad" detrás de la descentralización: el camino hacia el equilibrio de poder y un mundo multipolar

Como señala Vitalik Buterin, el mayor dilema al que nos enfrentamos es que, aunque buscamos el progreso, tememos a las tres fuerzas fundamentales que han impulsado ese avance. La finalidad de la caridad para resolver esta contradicción no es simplemente distribuir fondos, sino una estrategia para reconstruir el equilibrio de poder.

Las tres fuerzas en conflicto en el mundo moderno

Sentimos sentimientos complejos hacia las “gran empresas”. Queremos sus productos y servicios, pero desconfiamos de las empresas que manipulan toda la política para mantener ecosistemas monopolísticos valorados en billones de dólares y obtener beneficios. Al mismo tiempo, tememos a los “gran gobierno”. Aunque necesitamos mantener el orden, nos incomoda que el poder determine arbitrariamente quién es ganador o perdedor y limite la libertad de expresión y pensamiento. Y no podemos ignorar el poder de las “multitudes”. Valoramos la sociedad civil y las instituciones independientes, pero nos oponemos al populismo extremo y a la tiranía de la mayoría.

Es esencialmente un dilema: necesitamos fuerzas en tres direcciones distintas, pero queremos evitar que alguna de ellas concentre excesivamente el poder. La idea fundamental para afrontar esta complejidad es el concepto de “equilibrio de poder”.

Ideológicamente, las fuerzas que impulsan el desarrollo social deberían contrarrestarse mutuamente. La competencia entre empresas, las restricciones entre diferentes poderes y la combinación de múltiples mecanismos de control mutuo crean la estructura social más sólida. Históricamente, la distancia geográfica y los costes de coordinación de grandes organizaciones prevenían naturalmente la concentración excesiva de poder. Sin embargo, en el siglo XXI, estos frenos históricos han dejado de funcionar. La digitalización y la automatización han fortalecido estas fuerzas y aumentado rápidamente la frecuencia de sus interacciones.

Empresas “sin alma” y el significado de la pérdida de diversidad

Las críticas a las empresas se dividen en dos categorías principales. Una es que las empresas son “intrínsecamente maliciosas”. Son máquinas eficientes para optimizar objetivos, pero a medida que crecen, la divergencia entre maximizar beneficios y los objetivos sociales o de los usuarios se amplía.

Ejemplos incluyen la distribución interna en proyectos de criptomonedas, la mecanización de los videojuegos con máquinas tragamonedas, o la transformación de los mercados de predicción en apuestas deportivas: todos muestran cómo las empresas transitan del espíritu de los primeros aficionados a una orientación puramente lucrativa.

La otra crítica es que las empresas “pierden su alma”. A medida que crecen, desaparecen la diversidad en estilos arquitectónicos, en el cine de Hollywood, en las ciudades, etc. La causa fundamental de esta “falta de alma” son dos. La primera es la “coincidencia de motivaciones”: si todas las empresas están motivadas únicamente por beneficios y no hay fuerzas que las frenen, inevitablemente seguirán en la misma dirección. La segunda es la “coincidencia en estructuras organizativas”: al crecer, las empresas se vuelven incentivadas a “modelar su entorno”, y su inversión puede superar a la de 100 pequeñas empresas competitivas juntas.

Cuando estos mecanismos se combinan, la “alma” de la empresa —es decir, la diversidad— desaparece. ¿Qué es el “alma”? Es, en esencia, la heterogeneidad entre empresas, la diversidad.

El papel de la caridad en limitar el poder gubernamental

La idea de que el gobierno debe ser “el creador de reglas” y no “participante en el juego” es un núcleo de la teoría liberal clásica. Pero en la realidad, mantener una neutralidad absoluta no siempre es posible. Especialmente ante amenazas externas, el gobierno debe asumir temporalmente el rol de “participante”. La dictadura en la antigua Roma fue una solución experimental a este dilema.

Curiosamente, en la relación entre empresas y gobiernos, la actividad caritativa tiene un significado más profundo de lo que se esperaba. El sistema capitalista democrático se basa en un equilibrio de poder entre “gran empresa” y “gran gobierno”, y los emprendedores pueden obtener independencia concentrando capital.

La ideología del “paradismo” no es solo alabar a los ricos, sino idealizar a empresarios y patrimonios que “superan la lógica común, persiguen visiones concretas y no buscan beneficios directos”. El proyecto Starship es un ejemplo clásico. El gobierno crea las condiciones necesarias, el mercado reconoce la oportunidad, pero el éxito final fue impulsado no por beneficios ni instrucciones gubernamentales, sino por la visión personal y el espíritu caritativo.

La caridad llena los vacíos que el mercado y el gobierno ignoran. El mercado no financia bienes públicos, y el gobierno no invierte en proyectos sin consenso social o que beneficien a múltiples países. La filantropía de los ricos llena este vacío y funciona como un tercer polo que mantiene el equilibrio de poder social.

Pero la caridad también puede degenerar. Como en Silicon Valley, algunos CEOs y capitalistas de riesgo que alguna vez defendieron el espíritu liberal, ahora impulsan directamente al gobierno a su gusto. Esto es un peligro: la caridad se ha transformado en una forma de dominación en lugar de freno. La caridad ideal debe funcionar como una fuerza que mantiene el equilibrio de poder, fortaleciendo los controles mutuos entre mercado y gobierno.

El ciclo vicioso de la concentración de poder por economías de escala

El principal factor que explica el ascenso de EE. UU. en el siglo XX y el desarrollo de China en el XXI es la “economía de escala”. En países con gran tamaño y cultura homogénea, las empresas pueden expandirse fácilmente a cientos de millones de usuarios y mantener ventajas competitivas sostenidas.

Desde una perspectiva de progreso humano, necesitamos la economía de escala porque es la forma más efectiva de impulsar avances. Pero también es una espada de doble filo: pequeñas diferencias iniciales se amplifican exponencialmente con el tiempo. Si tus recursos son el doble que los míos, el progreso que puedas lograr puede ser mucho más del doble. Con el tiempo, el poder se concentra en los actores más fuertes.

Históricamente, existían dos fuerzas que contrarrestaban esta tendencia. Una era la “ineficiencia de escala”: las organizaciones grandes pierden eficiencia en muchos aspectos, por los conflictos internos, costes de comunicación y distancia geográfica. La otra era el “efecto dispersión”: al moverse entre empresas o países, las personas llevan conocimientos y habilidades, permitiendo a países en desarrollo “alcanzar” a los avanzados mediante comercio, espionaje industrial y reverse engineering.

Pero en el siglo XXI, varios factores han cambiado esto. La rápida innovación tecnológica ha potenciado exponencialmente la economía de escala, y la automatización permite realizar tareas globales con pocos humanos. La mayor transformación es el “control de tecnologías propietarias”: antes, distribuir un producto implicaba inevitablemente permitir inspección y reverse engineering. Ahora, se puede “otorgar solo el derecho de uso” y mantener el control total sobre hardware y software.

En resumen, la difusión de ideas se expande sin precedentes, pero el “control disperso” de poder se debilita. Este es el mayor riesgo de concentración de poder en el siglo XXI.

Estrategias contra la concentración de poder mediante dispersión tecnológica

El dilema central es claro: ¿cómo lograr progreso y civilización próspera sin que el poder se concentre excesivamente? La respuesta es simple: promover activamente más “dispersión”.

A nivel de políticas públicas, ya hay iniciativas. La imposición de un estándar USB-C en la UE dificulta que las empresas creen ecosistemas monopolísticos. La prohibición de acuerdos de no competencia en EE. UU. obliga a las empresas a “hacer open” el conocimiento tácito de sus empleados, beneficiando a la sociedad. Licencias copyleft (como GPL) exigen que el software construido sobre código abierto también sea abierto.

También hay estrategias innovadoras. El gobierno puede gravar en función del grado de monopolización del producto, o eximir de impuestos a empresas que compartan tecnología con la sociedad. Un “impuesto a la propiedad intelectual” puede gravar según el valor de la propiedad, incentivando su uso eficiente.

Otra estrategia es la “interoperabilidad contraria”: desarrollar nuevos productos sin permiso del fabricante original y que puedan conectarse con productos existentes. Ejemplos incluyen tiendas de aplicaciones alternativas, piezas compatibles de terceros, o servicios de reparación independientes.

En Web2, gran parte del valor se extrae en la interfaz de usuario. Si se desarrollan interfaces alternativas interoperables, los usuarios pueden evitar la captura de valor por parte de plataformas, permaneciendo en la red y evitando su monopolio. Sci-Hub es un ejemplo de “dispersión forzada”, que ha sido clave para abrir el acceso a la ciencia.

La cooperación en diversidad: otra vía para dispersar el poder

Como tercera estrategia, Glen Weyl y Audrey Tang proponen la idea de la “diversidad”: promover la cooperación entre heterogeneidades. Es decir, facilitar que personas con opiniones y objetivos diferentes puedan comunicarse y colaborar mejor.

Según esta visión, se puede aprovechar la eficiencia de participar en grandes grupos sin caer en el peligro de que estos se vuelvan un solo objetivo. Comunidades open source, federaciones de países y otras organizaciones plurales pueden aumentar su nivel de dispersión, compartir beneficios de economías de escala y mantener la diversidad interna.

Este pensamiento estratégico es similar a la teoría de Piketty “r > g” (que la rentabilidad del capital supera al crecimiento económico) o a la propuesta de resolver la concentración de riqueza mediante impuestos globales. Pero la diferencia clave es que no nos centramos en la riqueza en sí, sino en la fuente de la concentración ilimitada: los medios de producción.

No debemos dispersar el dinero, sino los medios de producción. Esta estrategia es mejor porque aborda directamente el peligro de “crecimiento extremo” y “exclusividad”, y puede mejorar la eficiencia general si se implementa correctamente. Además, no está limitada a un poder específico: un impuesto global a la riqueza puede frenar la concentración en los multimillonarios, pero no puede restringir a gobiernos autoritarios u otros actores multinacionales, dejándonos más vulnerables frente a ellos.

La filantropía y la descentralización: bases para un mundo multipolar

Promover una “estrategia de dispersión tecnológica global” mediante la caridad es una vía más integral y sostenible para afrontar la concentración de poder. Significa decir a cada fuerza: “Crece con nosotros y comparte tecnologías y recursos en un ritmo razonable, o se aisla y se excluye”.

El mundo multipolar enfrenta riesgos teóricos: con el avance tecnológico, cada vez más actores podrían tener la capacidad de causar daños catastróficos. Cuanto más débil sea la coordinación global, mayor será la probabilidad de que algún actor decida usar esa capacidad destructiva.

Algunos piensan que la única solución es concentrar aún más el poder, pero eso es un error. La verdadera solución es que múltiples poderes se restrinjan mutuamente, manteniendo la diversidad, y así lograr un orden mundial estable y resistente a largo plazo.

La verdadera función de la filantropía es, por tanto, no solo distribuir fondos, sino sustentar esa estructura multipolar de poder. Llenar vacíos que el mercado ignora, limitar la tiranía estatal y fortalecer la diversidad social. Esa es la verdadera misión de la caridad y la fuerza esencial para una sociedad descentralizada.

Solo mediante la combinación de descentralización y diversidad podremos equilibrar progreso, libertad, eficiencia y pluralidad. Construir este nuevo paradigma es el mayor desafío y también la mayor oportunidad del siglo XXI.

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