La población estadounidense no consume suficiente: por qué la abundancia calórica oculta una deficiencia crítica de nutrientes

Aquí hay una paradoja extraña: un país con el mayor acceso a alimentos lucha contra la epidemia de obesidad, y al mismo tiempo, sus habitantes pasan hambre. No pasan hambre en el sentido clásico de falta de comida: reciben suficientes calorías. Pero el organismo pide ayuda: no recibe lo que realmente necesita. Los estadounidenses comen mucho, pero mal, y esto genera una cascada de problemas, desde simple fatiga hasta graves fallos metabólicos, incluyendo desequilibrios de microelementos que luego conducen a un exceso de magnesio en el cuerpo y otros síntomas peligrosos.

Carbohidratos: combustible energético con truco

Los carbohidratos no son enemigos, son nuestra energía. El cerebro de un adulto consume aproximadamente el 20% de toda la energía del cuerpo. Esto equivale a unas 300–400 kcal diarias, aproximadamente 100–120 g de glucosa al día. Sin carbohidratos, el trabajo mental se vuelve imposible.

El problema no son los carbohidratos en sí, sino su tipo. Carbohidratos complejos funcionan como combustible de larga duración: el cuerpo tarda en descomponerlos, lo que proporciona una sensación de saciedad prolongada. Los intervalos entre comidas se alargan varias horas. Estos carbohidratos se encuentran en la cebada, avena, arroz integral, pan integral, legumbres y verduras con almidón.

Carbohidratos vacíos son otra historia. Proporcionan un pico de energía instantáneo, pero el cuerpo no necesita descomponerlos: el azúcar va directamente a la sangre. Estos carbohidratos son caramelos, galletas, pan blanco, cereales azucarados, refrescos y jugos azucarados. El desayuno típico estadounidense es una ilusión de saciedad: los cereales con leche se hinchan en el estómago, creando sensación de plenitud, pero en una hora el cuerpo vuelve a pedir comida, porque no aportaron valor nutritivo.

¿El resultado? La ingesta diaria de azúcar se supera mucho antes del almuerzo, y las vitaminas y la fibra quedan en cero.

Exceso de proteínas: cuando lo saludable se vuelve peligroso

En Estados Unidos, la dieta es muy rica en proteínas. Pollo, cerdo, carne de res — son accesibles, baratos, y muchas tiendas ofrecen filetes de un kilogramo por menos de 7 dólares. La gente ha reemplazado completamente una alimentación equilibrada por carne, convirtiendo el barbacoa en un estilo de vida.

Por sí sola, la proteína no es enemiga. Es necesaria para músculos, piel, articulaciones y vasos sanguíneos. Pero hay una gran diferencia entre la cantidad normal y el exceso.

El cuerpo no acumula proteínas como acumula grasa o carbohidratos. Si hay exceso de grasa en axilas y abdomen, el exceso de proteína simplemente se elimina… a través de los riñones. La única forma de usar el exceso de proteína es mediante entrenamiento de fuerza, que requiere microdesgarros musculares que necesitan proteína como material de construcción. Sin esas cargas, toda la proteína extra se elimina del organismo, pero antes de salir, puede causar daño.

Los riñones — las primeras víctimas. El exceso de proteína genera más productos de desecho de nitrógeno, que se eliminan por los riñones. Si se consume carne roja, embutidos y productos procesados, aumenta el consumo de grasas saturadas y sal. Esto lleva directamente a elevar el colesterol “malo” y a enfermedades cardiovasculares.

La digestión sufre. La carne no contiene fibra, necesaria para la microbiota y el funcionamiento normal del intestino. El exceso de proteína sin fibra suele causar estreñimiento y molestias intestinales.

El riesgo de gota aumenta. En dietas altas en proteínas, en personas predispuestas, se eleva el nivel de ácido úrico, especialmente si se consume mucha carne roja.

Grasas trans: enemigo disfrazado de aceite

Años de campañas contra las grasas crearon el mito de que todas las grasas son enemigas. En realidad, las grasas saludables son vitales: regulan las hormonas, el funcionamiento del cerebro y el corazón. La deficiencia de grasas reduce la libido, altera el ciclo menstrual, provoca depresión y problemas de concentración.

El problema no son las grasas en general, sino específicamente las grasas trans — estado alterado de grasas comunes. El aceite líquido se “satura” con hidrógeno en la fábrica a altas temperaturas con un catalizador. Las moléculas de grasa cambian de forma, se vuelven más sólidas. Así se produce la margarina, usada en repostería y comida rápida. Freír en aceite así o en aceite muy caliente también genera grasas trans.

Y toda la dieta estadounidense se resume en una mezcla peligrosa: proteínas + carbohidratos vacíos + grasas trans. Una bomba de tiempo para el organismo.

Experimento que reveló la verdad

Se realizó una prueba: ¿puede una persona mantenerse sana comiendo comida rápida, pero respetando las calorías? Los resultados están en el documental «That Sugar Film».

Primer participante: comida rápida, pero sin exceder las calorías.
Segundo participante: alimentos saludables y equilibrados — verduras, proteínas de calidad, carbohidratos complejos, grasas saludables.

Resultados tras 4 semanas:

• Con la misma cantidad de calorías, una dieta rica en azúcar y comida rápida provocaba aumento de peso, incluso si se contaban las calorías honestamente.
• Sin sobrealimentarse, el exceso de azúcar causaba picos de insulina y glucosa en sangre.
• La energía caía, el bienestar empeoraba.
• Con una alimentación saludable, las personas permanecían en rango, con niveles estables de azúcar y metabolismo normal.

Conclusión: una alimentación saludable no solo es cuestión de calorías, sino de valor nutritivo.

¿Dónde se oculta toda esa azúcar?

Incluso si alguien piensa que come “solo una hamburguesa y papas”, la ingesta diaria de azúcar supera la norma por fuentes ocultas:

Salsas y aderezos — ketchup, salsa barbacoa, mayonesa contienen varias cucharaditas de azúcar por porción.

Panecillos y panes — los panes para hamburguesas llevan azúcar para mejorar el sabor, incluso un pan blanco simple puede tener 2–5 g de azúcar.

Bebidas — refrescos, té azucarado, energizantes — son fuentes evidentes.

Guarniciones — las papas fritas a veces se tratan con azúcar o jarabe para color y sabor.

Empanizado y marinados — nuggets de pollo, milanesas empanadas a menudo contienen azúcar en su composición.

Resultado: el organismo recibe una cantidad enorme de azúcar sin sospecharlo.

Colapso vitamínico-mineral: datos de estudios

Según datos nacionales NHANES (Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de EE.UU.), una gran parte de los estadounidenses recibe niveles críticamente bajos de vitaminas y minerales en su dieta habitual:

  • 95% no obtiene suficiente vitamina D
  • 84% tiene deficiencia de vitamina E
  • 46% no alcanza la ingesta recomendada de vitamina C
  • 45% tiene déficit de vitamina A
  • 15% no consume suficiente zinc

A esto se suman deficiencias de otros minerales críticos: cobre, hierro, vitaminas del grupo B, potasio, magnesio y otros microelementos.

¿A qué conduce esto? Síntomas en todos los niveles

El sistema inmunológico se debilita. Sin vitamina C, zinc y selenio, el cuerpo protege peor contra infecciones, las enfermedades son más severas.

La apariencia se deteriora. La falta de vitaminas A, E, del grupo B, biotina y hierro provoca sequedad de piel, uñas frágiles, caída del cabello.

La energía desaparece. La deficiencia de hierro, B12, magnesio o yodo causa debilidad, fatiga rápida, mareos, problemas de concentración.

Los huesos y dientes se vuelven vulnerables. La falta de calcio, vitamina D y fósforo hace que los huesos sean frágiles y los dientes débiles.

El sistema nervioso se altera. La carencia de vitaminas del grupo B y magnesio se manifiesta en irritabilidad, ansiedad, alteraciones del sueño y atención.

La sangre no funciona bien. La deficiencia de hierro, folato y B12 provoca anemia.

El metabolismo se ralentiza. La falta de yodo afecta la tiroides, causando fatiga y aumento de peso.

Desequilibrio mineral: cuando sobra un elemento

Cuando el organismo recibe exceso de calorías pero poca nutrición, se activa una cascada de problemas con el equilibrio mineral. Por ejemplo, un alto consumo de productos procesados con sal y bajo contenido de potasio puede causar desequilibrio electrolítico.

Curiosamente, los síntomas de exceso de magnesio en el cuerpo aparecen a menudo en este contexto de alimentación caótica. Cuando alguien toma suplementos para compensar deficiencias sin cambiar su dieta, puede ocurrir un exceso. El exceso de magnesio se manifiesta con debilidad muscular, náuseas, presión arterial baja y arritmias. Pero generalmente, el problema no está en el magnesio en sí, sino en que el cuerpo está en un estado constante de “estrés alimentario”.

¿Por qué pasa esto?

El organismo que recibe calorías sin valor nutritivo grita: «¡Oye, me engañaste! ¡No hay lo que necesito!» Y, una y otra vez, activa la sensación de hambre.

El exceso de azúcar se transforma en grasa. Las grasas trans se acumulan en depósitos adiposos. La proteína pasa por tránsito, agotando los riñones. Vitaminas y minerales simplemente no hay.

Esta dieta no reemplaza una alimentación completa — la imita, creando la ilusión de saciedad en un nivel celular, pero en realidad el cuerpo sigue hambriento.

¿Qué hacer?

Una alimentación saludable no es una ciencia complicada, es un equilibrio:

  • Carbohidratos complejos en lugar de simples: cereales, pan integral, verduras
  • Proteínas de calidad en cantidades adecuadas: pescado, huevos, legumbres, no kilos de carne todos los días
  • Grasas saludables: aceite de oliva, aguacate, pescado, nueces
  • Variedad de verduras y frutas para vitaminas y fibra
  • Mínimo de productos procesados

Cuando la alimentación es completa, el cuerpo deja de pasar hambre, el metabolismo se normaliza, desaparecen los picos de energía, el peso se estabiliza. Y lo más importante: desaparece ese estado constante de hambre en medio de la abundancia que hoy sienten millones de estadounidenses.

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